Sudáfrica: el viaje de golf que cambia tu perspectiva

Hay imágenes que se quedan. Table Mountain en un día claro, recortada contra el océano, con Cape Town a sus pies y el horizonte extendiéndose hasta donde la vista alcanza. Esa imagen llegó antes de que pudiera procesar todo lo demás, y desde ese momento supe que este viaje iba a ser distinto.

Sudáfrica no es un destino de golf. Es mucho más que eso, y esa es precisamente su magia.

El viaje arrancó en Fancourt, en la Garden Route, y no pudo haber mejor introducción al país. Fancourt tiene sus orígenes en 1860, cuando un ingeniero británico construyó una casa familiar elegante al pie de las montañas Outeniqua. Hoy es uno de los mejores resorts de golf del mundo, y esa historia se siente en cada rincón. El campo Montagu, entre los diez mejores de Sudáfrica, tiene fairways ondulados, árboles nativos y vegetación densa que envuelve cada hoyo. El clubhouse es acogedor y sofisticado, el pro-shop bien surtido, y el ambiente en el hoyo 19 invita a quedarse. Mi habitación tenía terraza privada con vista directa al green del hoyo 18, uno de esos detalles que se quedan grabados. Las tardes en los baños romanos del resort completaron una experiencia que pocas propiedades en el mundo pueden igualar.

Pero Sudáfrica te sorprende también fuera del campo. Es un país moderno, diverso, rico en historia, con paisajes que cambian de manera radical de una región a otra. La zona de Cape Town y Stellenbosch es un sueño: vastos campos verdes, viñedos, montañas que lo rodean todo, pequeños pueblos que guardan la memoria colonial y a la vez integran al Sudáfrica de hoy. La hospitalidad es genuina, la calidad del servicio consistente, y la gente hace sentir al visitante en casa desde el primer momento.

Los hoteles del viaje tienen historia propia y eso los hace únicos. The Vineyard Hotel en Cape Town fue fundado en 1799 como cabaña de campo y en sus más de dos siglos de existencia ha recibido a estadistas, artistas, celebridades y premios Nobel. Es propiedad de la familia Petousis desde 1980, y esa operación familiar se siente: el «Vineyard» no es un hotel, es un gran espacio donde uno se siente en casa desde que llega. En Victoria Falls, el hotel que lleva el mismo nombre que las cataratas es uno de los más antiguos de África, construido en 1904 originalmente para alojar a los trabajadores del ferrocarril Cape-to-Cairo, y hoy es un ícono de elegancia colonial que recibe al viajero como si el tiempo no hubiera pasado. 

El golf sudafricano tiene su propio carácter. Son campos retadores, en condiciones impecables, muchos de ellos diseños de Gary Player, con vegetación y fauna locales que aparecen en los recorridos sin avisar. El servicio es de primer nivel. Y hay una costumbre que me llamó profundamente la atención: el Halfway House, la parada obligatoria a mitad de la ronda. No opcional. Obligatoria. Los sudafricanos se sientan, comen, beben, conversan, y luego continúan. En Sudáfrica no hay prisa. El campo es para disfrutarse, no para correrlo. Un campo que resume todo esto es Erinvale, en el Western Cape, con las montañas Helderberg rodeando cada hoyo y vistas que se quedan en la memoria de inmediato.

Kruger es una reserva inmensa, del tamaño del estado de Nueva Jersey, donde la naturaleza manda sus propios tiempos. Los avistamientos dependen de la temporada y del azar, y eso es parte de su encanto. Victoria Falls (Mosi-oa-Tunya para los locales, que significa el humo que truena), en cambio, no guarda sus cartas: es un espectáculo absoluto, patrimonio natural de la UNESCO, una de las siete maravillas naturales del mundo, siendo la cortina más larga de agua del Planeta. Nos recuerda con contundencia la fuerza de la naturaleza. Uno no se cansa de mirar la caída del agua ni de sentir la brisa que llega desde cualquier punto de la ciudad. Y luego están los paseos por el río Zambezi, el cuarto más largo de África, con sus atardeceres imposibles, sus cocodrilos, sus hipopótamos y sus amplias vistas del horizonte. Lo que más me sorprendió: aguas arriba de las cataratas todo se siente en calma absoluta. Es increíble que tanta tranquilidad preceda a tanta fuerza.

Este es un viaje que hay que hacer una vez en la vida, aunque quien lo hace generalmente quiere repetirlo. Mezcla cultura, fauna y vegetación únicos en el mundo, campos de golf de clase mundial, safari lodges, maravillas naturales y una gastronomía que sorprende a cualquiera. Todo acompañado de la calidez del pueblo sudafricano. Una nota práctica para quien lo esté considerando: los precios de consumo, alimentos, compras y gastos en el campo, están muy por debajo de lo que uno pagaría en México. El rand hace que el dinero rinda de una manera que se agradece.

Sudáfrica cambia la perspectiva. No solo la del golf. La de todo.