HAPPY GILMORE 2: Cuando la nostalgia no es suficiente

Casi 30 años después del estreno de HAPPY GILMORE, por fin llegó la secuela. Y no tuvimos que pagar un boleto para verla: se estrenó directamente en Netflix, lista para disfrutarse desde la comodidad del sillón… igual que cuando muchos vimos la primera entrega por primera vez, en VHS.

Y eso es justamente lo que HAPPY GILMORE 2 aspira a ofrecer: nostalgia… pero hace shank.

Netflix

La secuela se obsesiona tanto con el pasado que olvida mirar hacia adelante. Prefiere enfocarse en cameos de celebridades que en desarrollar sus propios personajes. Cuando la historia empieza a tener sentido, se desvía con alguna celebridad o un chiste relacionado a la cinta original.

En esta entrega encontramos a Happy (Adam Sandler), ya lejos de sus días de gloria, marcado por una tragedia personal (innecesaria) que lo aleja del golf. Tiene cinco hijos, pero solo Vienna (interpretada por Sunny Sandler, hija del actor en la vida real) es relevante. Es ella quien motiva a Gilmore a retomar los bastones: quiere cumplir el sueño de su hija de estudiar ballet en una escuela de élite, pero no tiene dinero para pagarla.

Los otros cuatro hijos, todos varones, sobran completamente. No tienen personalidad ni propósito. Son solo versiones miniatura y gritonas de Happy que se golpean entre ellos sin provocar risa ni avanzar la historia. Todo ese tiempo en pantalla hubiera funcionado mejor si se hubiera enfocado en Vienna, quien sí tiene algo que contar.

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Vienna tiene aspiraciones de ingresar a una prestigiosa escuela de ballet, pero es muy cara y su padre se terminó todo el dinero de su carrera profesional debido a la mencionada tragedia y se ve obligado a regresar a jugar golf para cumplir el sueño de su hija. El protagonista, enfrascado en el alcoholismo –que lleva a un desgastaste chiste de todos los objetos en los que puede esconder su vicio– intenta retomar los bastones y regresar al ficticio Tour Championship.

Y luego está el desfile de cameos. Algunos funcionan —como el chiste de que aquel primer caddie de Happy Gilmore es ahora Will Zalatoris (aunque no den las cuentas de edad ni por asomo)—, pero la cinta pierde cualquier equilibrio por la obsesión de mostrarnos a cuántos famosos pudo convencer Adam Sandler para aparecer.

Por la pantalla desfilan Jack Nicklaus, Lee Treviño, Fred Couples, Nick Faldo, Xander Schauffele, Collin Morikawa, Jordan Spieth y… Rickie Fowler, entre los campeones ficticios del Tour Championship. Como si Fowler tuviera el golf para ganarlo. 

Netflix

También regresan Shooter McGavin (Christopher McDonald) y Hal L. (Ben Stiller), aunque ahora son caricaturas de sí mismos. El nuevo antagonista es Frank Manatee (Benny Safdie), un empresario que quiere “renovar el golf porque ya no le interesa a nadie”. Suena a LIV Golf, pero no lo es: es una versión aún más absurda del circuito profesional.

Cuando HAPPY GILMORE 2 se enfoca en el golf, funciona. Pero se pierde entre guiños al pasado y cameos vacíos, olvidando todo lo que hizo especial a la película original: su sencillez, su ritmo, su irreverencia.

La película se centra más en recordarnos en los buenos chistes de la original que darnos nuevos que nos hagan reír, las celebridades distraen y la intención de motivación del personaje principal pierde su enfoque. Todos los aficionados del golf van a ver esta nueva entrega, pero posiblemente solo una vez porque nos recuerda que con la original hubiera sido más que suficiente.

HAPPY GILMORE 2 ya está disponible en Netflix.